sexta-feira, 7 de janeiro de 2011

BAUTISMO DEL SEÑOR - Mt 3,13-17

Bautismo de Jesús: vida nueva y escuela de humildad
El Bautismo de Jesús en el río Jordán es una de las tres epifanías o manifestaciones más importantes que la liturgia de la Iglesia celebra. Es a partir del Bautismo en el Jordán que empieza verdaderamente la vida pública de Jesús, su obra de redención y salvación.
A las orillas del río Jordán, nos encontramos con Juan el Bautista, que realizaba un bautismo de agua para la remisión de los pecados. Era un intento de comenzar una vida nueva. De hecho, el bautismo de Juan simbolizaba esto. El acto de sumergirse simbolizaba la muerte causada por la inundación del diluvio exterminador. Pero el agua también y sobre todo, aquella corriente es símbolo de la vida. Fue a través del agua que los israelitas pasaron de la esclavitud a la vida en libertad. El río Jordán, por ejemplo, es una fuente de vida para el pueblo de Israel hasta el día de hoy.
El agua purifica, limpia la suciedad del pasado, renueva, regenera. El bautismo instituido por Jesús se realiza con la asistencia de la Trinidad: en el nombre del Padre (voz), del Hijo (Jesús) y del Espíritu Santo (paloma), restableciendo para una vida nueva después de haber definitivamente liberado del pecado, reavivando por el agua y por el Espíritu Santo. Es el bautismo con el cual se obtiene la vida eterna y se incorpora en la vida de Cristo.
Eran muchos los pecadores que iban a Juan para ser bautizados. Y entre ellos viene Jesús. Aquí tenemos algo realmente nuevo. Juan evidentemente esperaba que cuando Jesús llegara, pidiera a él que dejara de realizar aquel rito ya no necesario, pero queda bastante intrigado cuando ve que Jesús que no tenía pecado, pide para ser bautizado, por lo que protestó: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por Ti, y Tú vienes a mí?” Realmente, como Jesús podía confesar pecados y querer una nueva vida?
La respuesta de Jesús es simple: “deja como está, por ahora, porque hay que cumplir toda justicia!” Los estudiosos de varios siglos y exegetas han roto la cabeza para descifrar este dicho, porque Jesús como Dios que vino a salvar el mundo no tiene necesidad alguna de ser bautizado y sí tiene el derecho de bautizar a Juan y a otros, sino que surge en medio a las personas que necesitan conversión para que se cumpla "toda la justicia" (cumplimiento de la voluntad de Dios).
Jesús cumple la voluntad del Padre en todo y esto Lo lleva a experimentar todas las prerrogativas de la debilidad humana, compartiendo todo tipo de sentimientos y miseria, excepto el pecado. Es la voluntad de Dios que Jesús se haga solidario con nosotros pecadores. La exégesis siempre ha considerado este acto de humildad de parte del Señor un anuncio de salvación realizada por la muerte de la cruz y la resurrección: el confiar la propria cabeza al agua bautismal de Juan, Jesús se humilla, se apaga, se confunde con los pecadores (muerte de cruz) y después de ser resucitado por el Padre que Lo alaba como “mi Hijo amado, en quien he puesto mi placer” (resurrección). Si en la muerte de cruz, Él lleva sobre sus hombros todos los pecados de la humanidad, es en el bautismo que comienza a experimentar este peso.
Bautizándose, Jesús nos muestra la importancia de hacerse hombre entre los hombres, poniéndose de pie al lado de los débiles. Él comparte con nosotros el estado de miseria que el pecado produce, experimenta sentimientos de abandono y rechazo que provoca el pasaje del pecado a la conversión.
Contemplando el rebajamiento de Jesús, somos invitados a morir para nosotros mismos, a renunciar a nuestro orgullo para adherir exclusivamente a Él, y este debe ser el propósito del sacramento del Bautismo: “seguir el llamado para el Bautismo significa entonces entrar en el lugar del Bautismo de Jesús y, por tanto, en su identificación con nosotros, recibir nuestra identificación con Él” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).
En el Bautismo de Jesús son presentados los rasgos de toda su actividad. Él no vino para los justos, sino para los pecadores. Y lo hace esto en obediencia a la voluntad de su Padre y su Hijo amado, que vive en perfecta comunión con el Padre. Así, lo que falta a nosotros pecadores, a Él fue dado de forma más perfecta. Por eso, Él es capaz de perdonar nuestros pecados y restablecer nuestra comunión con Dios. Con la fuerza del Bautismo de Jesús, podemos subir hasta Dios.

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